Con la boca cerrada y la mente abierta

Buda dijo: “Si tu boca está abierta, no estás aprendiendo”. Escuchar es una oportunidad de aprendizaje. El mundo es una biblioteca llena de libros y es triste que la mayoría de nosotros solo estemos dispuestos a leer los títulos, pero no un libro completo. Es una pena porque como dijo Bill Nye: “Todo aquel a quien conozcas sabe algo que vos no sabés”

Lamentablemente muchas personas han perdido –y algunas nunca aprendieron- la habilidad de escuchar. El común de la gente no escucha al otro porque prefiere hablar y escucharse a sí misma. De ese modo sienten que mantienen el control, son el centro de atención y evitan tener que escuchar historias que no les interesan u opiniones contrarias a las suyas.

Según Stephen Covey, “la mayoría de la gente no escucha con la intención de entender al otro, sino de responderle”. Un estudio reveló que la velocidad óptima para hablar es de 170 palabras por minuto. Sin embargo, un adulto puede escuchar con completa comprensión hasta 300 palabras por minuto. Entonces, preferimos llenar esos vacíos con más palabras.

Lógicamente prestarle atención a alguien demanda una cuota de esfuerzo y energía. Una conversación es una calle de doble mano, que implica un balance entre hablar y escuchar. Una conversación precisa de nuestra plena presencia de espíritu y de nuestro compromiso, sino solo habrá dos personas diciéndose frases inconexas en el mismo lugar y momento.

El psiquiatra M. Scott Peck dijo: “Escuchar de verdad requiere ponerse uno mismo al margen y aceptar temporariamente por completo al otro”. Debemos iniciar cada conversación interesándonos de verdad en el otro, suponiendo que tenemos algo que aprender. Así que mantengan la boca cerrada, su mente abierta y déjense sorprender.

Texto inspirado en conceptos volcados por Celeste Headlee y Melavika Varadan en TED.